Sombra, aire y sazón en el amor hicieron al hombre y a la mujer ayoreos en el Gran Chaco del Paraguay. Fue el Dios del Sol quien lanzó su sombra a la tierra para que el hombre naciera de ella. Lo llenó de su aire para que no se le saliera todo por la boca y el ano. Después creó a la mujer, y con un poco de sal y chile le tomaron gusto al sexo. Conocieron el temor cuando el vientre de ella se infló. Se quedaron atónitos cuando supieron que eran capaces de crearse a sí mismos, aún sin las sombras del Dios del Sol.