
En Tailandia aterrizamos en busca de sombras, con la emoción, con el deslumbramiento de la luz de ese país, con la boca llena de Asia y con el estupor de estar pisando por primera vez este inmenso continente.
De los nombres de las sombras en Tailandia, de su teatro y sus figuras, traíamos sólo dos nombres genéricos: Nang Yai y Nang Talung. El Nang Yai (Teatro de figuras grandes) lo encontraríamos en los monasterios budistas en el interior del centro del país. El Nang Talung (Teatro de figuras pequeñas y articuladas) lo podríamos ver con muchos representantes en los lugares más recónditos del Estado de Nakhon Sit Tammarat.
Decidimos empezar por el Monasterio budista Wat Khanon en la pequeña ciudad de Soi fa en el Estado de Ratchaburi después de haber leído -con la ayuda de nuestro nuevo amigo tailandés Jason Isarankura, pues toda la información la encontrábamos rigurosamente en thai- que este monasterio tenía una tradición de casi 150 años de espectáculos de Teatro de sombras y además, un museo con las piezas de uno de los creadores más innovadores del Nang Yai: el reverendo Satthasunthorn, conocido como el abuelo Klom.
A Ratchaburi partimos de la maravillosa ciudad de Ayutthaya. Solo el significado del nombre de esta ciudad nos ponía en el camino indicado pues se dice que su nombre deriva de la ciudad hindú Ayodya, el lugar del nacimiento de Rama, el protagonista del Ramayana, el poema épico hindú en el que se inspira la dramaturgia del Teatro de sombras tradicional en Tailandia, en la India y en Malasia.
Nos quedamos en un hostal en las afueras de la capital de Ratchaburi con esperanzas de encontrar a alguien que hablara inglés y que nos sirviera de intérprete para podernos comunicar con las personas del monasterio. Ahí hablaban solo thai pero la increíble hospitalidad tailandesa, que nos llevaba siempre a trascender los problemas de la comunicación, nos puso en el camino indicado para encontrar a una persona que no sólo hablaba inglés a la perfección, sino que era un magnífico actor y un apasionado de la historia del teatro thai: Wannasak Kuck Sirilar.
Las chicas del hotel nos llevaron en el remorque de su moto al centro de pueblo, donde había un festival de teatro y música popular tailandesa a las orillas del río. Allí asistimos al espectáculo de una anciana que narraba, danzando, cosas indescifrables para nosotros. Pero lo hacía con tal fuerza dramática que era imposible no conmoverse.
Después asistimos al espectáculo de Wannasak: un monólgo de un hombre disfrazado de una mujer con un solo elemento entre las manos: el pedazo de tela que acompaña a los hombres tradicionales tailandeses durante toda su vida, como cobija desde que nacen, como toalla para secar el sudor cuando trabajan, como cinturón cuando salen por las noches.
Wannasak estaba hospedado en nuestro mismo hostal. Al día siguiente, la señora que nos acogió consiguió una camioneta para que fuéramos ella, su hija, Wannasak, Giorgio, nuestros dos hijos y yo al monasterio para poder asistir al espectáculo que se presenta cada sábado a las 10 de la mañana. Si no, nos tocaba esperar una semana más.
Las sensaciones al entrar a un monasterio budista son inenarrables. Yo lo he sentido siempre como un baño de luz. Y este monasterio, situado en la rivera del río Mae Klong tenía una carga muy especial: lo primero que aparecía ante nuestros ojos, al lado izquierdo, era el templo antiguo, con decenas de monos entre los muros, los techos y las columnas de las pagodas. Después estaba el cementerio con sus columnas de mosaicos de mil colores. Detrás de una cancha en la que se encontraba un grupo de niños jugando una especie de foot y bolley ball con la pelota tradicional tailandesa, se encontraba el teatro, que era un simple auditorio pero muy amplio. Al fondo, la escuela, a la que cada niño del pueblo aledaño asiste y el internado en el que crecen y se forman los monjes desde niños. Del otro lado estaba el taller de las figuras del Nang Yai y arriba el museo. A un lado se encontraban las habitaciones de los monjes.
Pedimos permiso al l reverendo Chalat Wisuthasaro, director del teatro y el museo para fotografiar y para grabar audio y para hacer algunas entrevistas. “Cada rincón del monasterio les da la bienvenida” fue su plácida y solemne respuesta.
El espectáculo estaba por comenzar, así que Giorgio se metió detrás del escenario para retratar los ritos de inicio de los chicos, las figuras del espectáculo, el modo en que los chicos eran dirigidos y las emociones de los actores que esperan el momento de su aparición
Yo elegí una silla en primera fila para estar entre el público. A mi lado estaba Wannasak e Iluavi, mi hija que en ese entonces tenía casi 4 años. De Yarú, que tenía un año de edad se ocupaba la señora que había manejado la camioneta y su hija jugando y cantándole nanas con la esperanza de adormecerlo.
Con la fuerza de las primeras palabras del narrador -de las que sólo comprendíamos Ramakien- y las primeras notas de la orquesta, inició nuestro primer espectáculo de Nang Yai.
Del Ramayana tenía una vaga idea. El recuerdo de los relatos de una maestra en secundaria apasionada de la cultura y literatura hindúes y la certeza que era un poema-épico monumental llena de ejércitos de monos. Así quería que se mantuviera durante la investigación, pues quería absorber lo más que pudiera la lectura que ellos habían hecho del Ramayana durante los espectáculos sin empalmar ningún concepto literario de mi parte.
En ese momento los personajes principales del Ramayana comenzaron a aparecer al ritmo de la narración del narrador. El príncipe Rama con su esposa Sita. El endemoniado emperador Ravana, un ejército de monos-hombres comandados por Hanuman y un sin fin de dioses y demonios hembras y machos.
Los personajes parecían de verdad gigantes en las manos de los chicos y mucho más cuando jugaban con sus dimensiones por medio de sus sombras.
Nosotros, que esperábamos un espectáculo oscuro, completamente inmerso en el reino de las sombras, asistimos en realidad a un rito lleno de colores. Los chicos representaban la obra no sólo por detrás del lienzo blanco -único elemento de la escenografía en el teatro de sombras tradicional- sino por adelante también, en una danza que alternaba las sombras con los trajes rojos y las pieles morenas de los actores.
Después, siguieron las entrevistas, las fotografías, la contemplación de las piezas más antiguas del museo, las citas para los siguientes días de investigación, los juegos de los niños en los patios con los reguiletes de fierro oxidado y con los monos en el templo antiguo.
En la noche, cuando ya estábamos por apagar las luces de nuestro cuarto de hotel y poner a dormir a los niños en la cama, comenzamos a jugar con nuestras sombras en las paredes. Iluavi - en plena edad de los porqué- preguntó:
- ¿Porqué las sombras de las figuras que se escondían detrás de la sábana del espactáculo eran de colores?”
- ¿Porqué nuestra sombra es negra nomás?”.
Todo lo que hacemos tiene sombra y no siempre lo recordamos, ojala lo recordemos para procurar darle color a nuestra sombra
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