Nápoles nunca está en silencio. Las calles gritan que están perdidas, que su lugar es un laberinto, no Nápoles, por eso para estar quietas, al menos un poco, se ponen chuecas para dibujar plazas que se caen por un lado, ángulos que se van cerrando con el ir y venir de la gente, esquinas que se abren para dar lugar a otro muro, a otra torre, a una puerta más. Los edificios recién hechos dicen que ya están envejeciendo y piden a gritos otro color. Los palacios viejos sienten que ya no caben a sus anchas, y gritan que venga uno más a poblar sus azoteas a implantar fábricas de sombras. Las ventanas rechinan de verdes para sacar la oscuridad de las casas a darse una vuelta a lamer un poco del sol que venden en Nápoles. Los adoquines se la pasan mascullando a cada paso de hombre, de mujer o de rueda que pase. Gritan amenazas de muerte. Hasta que un adoquín, el más valiente, salta, y salta porque ya no puede más, porque no aguanta tanto peso ni tantos apretujones. En su salto l...