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Materia de mecanografía



No es que haya amanecido nostálgica, pero, pertenecer a una generación que haya aprendido “a escribir a máquina” en las últimas máquinas de escribir no es nada simple.
Y eso que a mí me tocaron las ultramodernas “Olivetti”, que por culpa de ser portátiles, a los maestros de mi escuela secundaria se les ocurrió hacer un curso “opcional” de mecanografía y obligarnos a cargarla todos los martes y jueves de todo un año escolástico.
Allí estábamos unos 28 alumnos uniformados haciendo los interminables ejercicios "caligráficos" de las consonantes centrales del teclado y las
barbaridades barbaridades barbaridades barbaridades barbaridades barbaridades barbaridades barbaridades
del teclado izquierdo y la
miopía miopía miopía miopía miopía miopía miopía miopía miopía miopía miopía miopía miopía miopía
del teclado derecho.
Quién sabe cuántos cortos circuitos no habrán en las cabezas de nuestra generación en frente a las pantallas de las computadoras...
Para nosotros aprender a escribir a máquina significaba, primero que nada, invocar a la Santa de todas las Inmaculadas para que no se nos fuera ni un sólo error para no tener que repetir la hoja entera.
Escribir a máquina era, literalmente, todo un rollo, con los rollos bicolores, que ¡ay de aquel que se le acababa a mitad de la página!, pues eso significaba el riesgo de una mancha de tinta y una blasfemia a nuestra Santa Inmaculada.
O lo que era peor, percatarnos que habíamos enrollado ligeramente chueca la hoja de papel cuando el rollo de la máquina nos la había expulsado después de la escritura de nuestro último renglón.
Aprendimos así, en la peor o en la mejor de las disciplinas (eso nunca se sabe) y nos ejercitamos diariamente en los sigilosos teclados de nuestras computadoras en la constante vacilación e indecisión. Dicen que la culpa (otra vez con las culpas tecnológicas) la tienen la combinación de teclas con la orden cancelar, copiar, pegar y cortar, responsables de la descomposición de textos enteros en aras de una mejor compostura.
Escribimos directamente ¿a máquina? No. La computadora está a años luz de ser una simple máquina y escribir en ella no tiene nada, absolutamente nada que ver con “pasar a máquina un manuscrito” ni mucho menos escribir inmaculadamente.
Y no, no es que tenga nostalgia de la máquina de escribir, ni de los sonidos de los teclazos que si no alcanzaban las profundidades de la máquina no llegaban al papel, ni de la campanita que avisaba que había llegado al final del renglón, vaya, ni siquiera de escribir sin errores. A la hora de la hora, en los exámenes en la escuela, no importaba cuán perfecta entregáramos la hoja de los ejercicios, teníamos que comenzar de nuevo si nos descubrían bajando la mirada al teclado "porque escribir a máquina era hablarle al papel a los ojos" y no a los dientes (completábamos nosotros la letanía de la maestra).
Una vez más, nos encontrábamos afinando los acordes de los sonidos de nuestra escritura de metal con el suave deslizar de la hoja en blanco, el contundente enrollar de la hoja en el rollo después de haber encontrado los milímetros exactos de los márgenes deseados y los últimos tr tr tr para encontrar el espacio justo para teclear los primeros tres espacios en blanco para comenzar con la primera mayúscula de nuestro texto.
Volver a comenzar ahora es hacer aparecer una nueva página en nuestra pantalla con un X programa de la computadora, con otros programas abiertos funcionando en eso que llaman "windows", ventanas por las que pasan bombardeos de imágenes y de sonidos y que ahora me recuerdan la estridencia del coro de nuestras máquinas de escribir en plena adolescencia.

Comments

  1. ¡Qué lindo ensayo, Celina! Yo también soy de la generación de las máquinas de escribir portátiles, gracias a las cuales soy un As para teclear a mil por hora. Una delicia tu blog.

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